Toledo con encanto
Hubo un tiempo en que los hombres moraban en una tierra de paz y de abundancia, la vida surgía eternamente al lado de los dioses y se expandía por doquier como se derrama el viento del monte en la ladera; y hubo entonces un reino en que la razón se hallaba perdida: os hablo de Toledo.
Documentos antiguos dicen que allí no existía lo tuyo ni lo mío y que hasta los elementos, por hacer un alto en su costumbre, refrenaban sus instintos y surcaban acariciando.
Nunca han existido ni existirán jamás héroes como los que poblaron sus calles y palacios. Sabed, pues, vosotros, caminantes de lejanas tierras que venís a Toledo, que la leyenda sigue viva y que embriaga todos los poros de las piedras. Aquellos hombres prodigiosos mandaron levantar y levantaron catedrales, fortalezas y murallas, vosotros las conocéis bien, las habéis visto en los libros de la infancia, pero ni siquiera un libro es capaz de transmitir de viva voz el eco fabuloso de los paseos guiados por Garcilaso, por Cervantes, por El Greco y por tantos otros que amaron y murieron por la legendaria Toledo.
Leyenda del rey Alfonso VI, "el de la mano horadada", que conquistó Toledo
Cuentan las crónicas que, huyendo de Sancho II de León, vino a refugiarse en la ciudad del Tajo, el que había de ser Alfonso VI. Y cuenta una antigua leyenda toledana que el rey moro Al-Mamún alojó a tan ilustre huésped en el palacio de Galiana, junto a los jardines de arrayanes y los azudes de agua clara.
En este remanso natural se sucedían las estaciones con sus días y sus noches, cuando una tarde de un lento verano hablaban el rey Al-Mamún y un su general de la única manera que existía de conquistar Toledo. De súbito advirtieron bajo un árbol de azamboas a Alfonso, en actitud de dormir la siesta. Turbáronse. ¿Habría escuchado? Para conocer la verdad determinaron derramar plomo hirviendo sobre su mano. Si fuera culpable, sin duda, no consentiría tal. Desde aquel día el rey Alfonso fue conocido como el de la mano horadada, y el 23 de mayo de 1085 conquistó Toledo. Si escuchó o no aquella conversación sólo lo sabe el viento.
Leyenda del Pozo amargo
Dicen los viejos que alguna vez oyeron a sus padres haber oído de los suyos que en los gloriosos tiempos del rey don Alfonso X "el Sabio" moraba en Toledo la reina de la hermosura: los sus ojos eran verdes claros, su cabello garzo brunido, sus manos gráciles representaban una evocación; el su nombre era Raquel, la su fe judía. Y dicen las madres que sus madres cantaban romances del conde don Fernando, gallardo y pulido, que embozado entre las sombras de la noche escrutaba muros y rincones para servir a su amada en el huerto de su casa.
Pero no le fue más que sus andanzas no fueran sentidas por los judíos ni deploradas por sus enemigos sin que levantaran falso testimonio de traición. Así la luna intervino en su contra un Viernes Santo malhadado y la amada aguardó en vano hasta la madrugada. A la manaña siguiente el conde fue encontrado cabe San Justo con un río de amapolas en su costado, la daga envainada en su lugar y en su rostro un mirar.
Por toda la ciudad se difundió falso testimonio de que los judíos habían dado muerte arteramente a don Fernando y clamaron venganza. Si las revueltas de que hablan las crónicas se debieron a ello, no lo sé, pero sí certifico por documentos que he hallado que Raquel se aferró al brocal del pozo adonde aguardaba cada noche la llegada de su amado y es de creer que sus aguas se tornaron amargas con las lágrimas que derramó dentro. Y de algún modo extraño sucede que si nos acercamos hasta aquel paraje en el silencio recogido de la noche, una abrumadora soledad nos envuelve, y, como un ensalmo, todos los toledanos que queremos oírlo hemos oído un llanto lastimero que nos provoca compasión y temor.

